Quiroa: Un recorrido por su vida (Parte 8, segmento II)

quiroa 2Por
Juan Antonio Canel Cabrera
Escritor
Publicado en
Diario La Hora
Guatemala, C. A.

En 1970, en una oportunidad en la que fueron a echarse el colazo a México los integrantes del grupo Vértebra de ese momento (Luis Ortiz, Elmar Rojas, Roberto Cabrera y Marco Augusto Quiroa), le aterrizaron a Luis Cardoza y Aragón; ya en ese momento Cardoza era santón de la literatura guatemalteca.

Quiroa cuenta cómo su irreverencia le valió el aprecio cardociano; a pesar de que Luis Ortiz, Elmar Rojas y Roberto Cabrera lo conminaron para que no fuera a hacer clavo con Cardoza, Maco se les salió del molde:

«Me hicieron jurar por los caites de Miliano Zapata, el bigote de Pancho Villa, los pinceles de Orozco y la Calavera Catrina que no perpetraría malacrianzas y bromas pasadas de tueste, ni sopearía la champurrada en el chocolate. Sabiendo de mi expulsión del jardín del Edén sin hoja de parra pero con manzana mordisqueada y serpiente en canasto de merolico, mi distanciamiento del Colochón y mis tratos clandestinos con el Cachudo, no recurrieron a los buenos oficios de la santísima Virgen de Guadalupe, madre de México y todos los mexicanos incluidos los ateos para meterme al corral del orden.

Me cincelaron en la mollera: Don Luis es persona seria y respetable, nada de chanzas ni confiancitas. Hasta de vaca sagrada lo calificaron.

»Cuando llegamos, de intención quedé al último. El mismísimo Cardoza abrió la puerta. Al chilazo dibujé retrato hablado: Cabeza y perfil de pájaro picudo, camisa cerrada hasta el primer botón, pantalón guango apaletonado y pantuflas de trapo a cuadros escoceses. Le solté el bodocazo confianzudo.»

—Qué tal don Güicho!

»Lo agarré fuera de base y tardó en reaccionar. Nunca, nadie, ni sus peores amigos y mejores enemigos osaron semejante tratamiento. Me midió de pies a cabeza y a la visconversa. Le leí el pensamiento mirándolo a los ojos, vivos e inquisitivos como cabecitas de cantil tamagás. Con la pata metida hasta la rodilla, la pantorrilla y el peroné, recordé las maneras conservadoras y solapadas de la pequeña burguesía antigüeña, los chistes de chuneros de barrio, el debido respeto a los mayores y un etcétera que pasó bajo el arco de Santa Catarina acompañando a la procesión del Tata Chus de la Merced.

Al fin se le aguadó el gesto, esbozó una leve sonrisa como diciendo no me haga reír que tengo el labio partido y me extendió la mano. Ligamos interminable charla, sentados bajo el retrato pintado por Orozco. Le hablé de tamalitos de loroco, fresco de súchiles en amancebamiento con cusha, rosario de tusa con olor a feria y la maravillosa experiencia tantito exagerada de mis quince viajes a un Tikal ajeno a sus vivencias. Allí nos hicimos chaneques, o ya sea amigos platicadores.»2

Su irreverencia por todo lo convencional se mezclaba muy bien con su espíritu jodón. Tales características subían de tono cuando se encontraba con sus aleros y todo lo volvían festivo. Siempre por los lejanos años setenta, si la memoria no me traiciona, con uno de sus cuñados, con Edgardo Carrillo, que también era tremendamente festivo y extraordinario conversador, decidieron armar un viaje de placer al Puerto de San José.

Acerca de Culturales de Maco

Notas culturales compartidas y creadas por Marco Monzón, y colaboraciones para compartir desde la cultura, el arte, la espiritualidad y la tradición católica. Comparte ademàs, notas culturales de medios de comunicaciòn.
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