Quiroa: Un recorrido por su vida. Parte 6, segmento III

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Atrás: Marco Augusto Quiroa y Roberto Ayala. Adelante: Jorge Gaytán, Dorian Juárez, Jorge Castillo y Luis Torres, en los tiempos en los cuales Quiroa estaba en campaña política.

Por
Juan Antonio Canel
Escritor
Publicado en  
Diario La Hora

A quienes lo escuchábamos nos parecía fascinante esa tónica que Maco les daba a las palabras bernalianas. Era como si el viejo Bernal hubiese resucitado y volviera a repetir, con lujo de detalles, sus hazañas en tantos combates en los que dijo haber participado.

Maco sintió especial devoción por el Popol Vuh y el Rabinal Achí. La fantasía y mitos consignados en el Popol Vuh, los traía a colación a menudo; en sus textos y conversaciones no faltaban. Del Rabinal Achí, además de su valor literario, sentía profunda admiración por el actuar ético de K’ich’e Achí al cumplir su palabra empeñada. Y de sus contemporáneos, por quien sentía devoción era por Miguel Ángel Asturias: el Miguelón.

Era uno de los autores sobre quien más nos recalcaba que leyéramos. Le gustaba por su prosa que sonaba a poesía y, sobre todo, por el espíritu mágico que alentó muchas de sus obras.

Lo mágico era un aspecto del cual Marco Augusto, también, celebraba encontrar en los textos mayas que mencioné y en las obras de Alejo Carpentier y, claro, Gabriel García Márquez. Del colombiano leyó todas sus obras y llegó a gustarle que muchos le dijeran Macondo, como sobrenombre y por extensión del apócope de su primer nombre: Maco. Pero quien lo asombró hasta llegar casi al éxtasis fue Juan Rulfo. Leyó con devoción Pedro Páramo; los cuentos contenidos en El llano en llamas los espulgaba y analizaba con deleite.

Marco Augusto gustaba mucho de la poesía comprometida y siempre creyó que la literatura también debía servir como un instrumento para luchar por las más altas aspiraciones humanas. De cuando en cuando gustaba repetir versos y poemas de Neruda, Nicanor Parra, Benedetti, de Machado y de los poetas malditos. Sus columnas periodísticas siempre fueron puestas a al servicio de la lucha por lograr mejores condiciones humanas para todos; especialmente para los que estaban más jodidos.

Cuando uno llegaba a su estudio, desde la entrada se sentía olor a aguarrás y a pintura; esa impresión olfativa estaba acompañada por el apiñamiento de libros que uno observaba por todos lados. Las libreras que poseyó siempre estuvieron saturadas de libros porque, para Maco, era casi tan vital leer como comer.

El día, en general, lo distribuía entre pintar, leer y conversar. Y en su casa había libros por todos lados. En lo personal Marco Augusto fue, para mí, una especie de guía que me conducía en mi ruta por la lectura; me aleccionaba. Cuando conversábamos, a mí me parecía que estaba recibiendo talleres de literatura. Era muy didáctico y se hacía comprender con su discursiva sencilla, pausada, ejemplificante y generosa.

Como lector, Marco Augusto tenía un gusto muy particular: le fascinaba leer en el cuarto del baño. Allí pasaba horas, sentado en el trono, leyendo. Por eso cuando alguien entraba al sanitario siempre encontraba, sobre la tapadera del tanque de la taza, libros apilados. Yo, que he detestado hacerlo, le pregunté en una oportunidad:

—¿Por qué te gusta leer allí?

—Porque allí nadie chinga —me respondió con llaneza terminante.

Acerca de Culturales de Maco

Notas culturales compartidas y creadas por Marco Monzón, y colaboraciones para compartir desde la cultura, el arte, la espiritualidad y la tradición católica. Comparte ademàs, notas culturales de medios de comunicaciòn.
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