Hugo Carrillo: el amigo y el maestro. (Parte I segmento 2)

carrillo 02Escribe:
Francisco De León
Arquéologo y teatrista
Publicado en gAZeta

Mi madre, que estaba al lado de Judith cuando yo llamé, le quitó el teléfono de las manos y me contó lo que había escuchado. Estaba profundamente conmovida por la noticia.

Ella también le tenía mucho afecto, lloraba y decía que era una ingratitud no poder haber estado a su lado en sus últimos días. Yo me quedé callado por unos segundos, tratando de asimilar lo sucedido y pensando por qué a veces uno no está con la gente que quiere cuando ellos lo necesitan. Me despedí de ellas no sin antes escuchar su consejo, «maneja despacio pues ahora no hay más que hacer, únicamente asimilar lo sucedido».

Tenía un largo camino que recorrer de regreso a casa, lo suficientemente largo para recordar todo lo que habían sido estos años de amistad con Hugo Carrillo. Por mi mente pasaron, como una película, todos aquellos momentos que compartimos juntos; las alegrías de los montajes de teatro, las mil noches de desvelos en los ensayos, las tertulias interminables platicando sobre arte y cultura, las confidencias personales, los consejos, los regaños, los distanciamientos, los disgustos y nuestro paso por el Ministerio de Cultura, entre otros.

Paré el picop en Santa Elena para llenar el tanque de gasolina. Al abrir la portezuela sentí el calor sofocante del Petén que me trajo a la memoria las funciones de teatro para estudiantes que realizábamos en Puerto Barrios, Mazatenango, Retalhuleu y Escuintla, en las que el maquillaje característico de los personajes se nos corría antes de salir al escenario. Parábamos empapados de sudor, pero con la satisfacción de haber hecho lo que nos gustaba hacer. Ahora tampoco era diferente, amaba lo que hacía, aunque mi vida había tomado otro rumbo, tenía otros compromisos y otros derroteros; el arte en general habían pasado a un segundo término. Sin embargo, aún me quedaba el recuerdo de Hugo Carrillo, ese enorme nexo con el teatro que me marcó de por vida y no podía olvidar.

Subí de nuevo al picop y encendí el motor. El aire acondicionado empezó a refrescar el ambiente interior del vehículo, que a su vez empezó a refrescar mi memoria y recordar dónde y cuándo había conocido al Maestro Carrillo. Fue en la Universidad Popular, un par de meses antes del estreno de La Chalana, su adaptación al teatro de la novela Viernes de Dolores de Miguel Ángel Asturias, que se presentaría en el XV Festival de Teatro Guatemalteco.

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Hugo Carrillo en primer plano al lado de mi madre, el primero de izquierda a derecha, el día de mi boda por la iglesia en Santo Domingo, 26 de mayo de 1990. Foto del archivo personal Francisco de León.

Recordaba bien que ese día llegamos con Josué procedentes del Teatro Nacional, pues Rubén Morales Monroy le había pedido a Josué que le hiciera el diseño y montaje de luces de la obra. Llegamos para hacer un recuento del equipo existente y un presupuesto de lo que se necesitaría reparar y comprar, en caso hiciera falta. Sacamos el equipo al corredor que está enfrente de la que fuera la oficina de Rubén, lo tendimos en el suelo y empezamos a revisarlo. En eso estábamos cuando Josué me dijo que tenía que ir al segundo piso para buscar en una bodega algo del equipo que hacía falta, corrió hacia la izquierda en dirección a las gradas que conducían al segundo nivel y desapareció rápidamente. En ese momento iba saliendo de la oficina de Rubén, un hombre de aproximadamente 45 años de edad, tez morena clara, alto, delgado, de nariz prominente, cabello negro liso de entradas pronunciadas y patas largas, camiseta negra de cuello de tortuga y saco de cuero también de color negro. Miró hacia donde yo estaba sentado creyendo que era Josué el que estaba allí, se sorprendió por un momento al verme y me dijo:

¿Hola qué tal? ¿Usted viene con Josué?
Sí, le respondí yo en tono afable.
¿Y sabe a dónde fue?
Sí, fue al segundo nivel a buscar unos reflectores, ya no tarda en bajar, le dije.
¿Y usted que hace aquí? ¿Cómo se llama? No lo había visto antes, no es de la compañía de teatro, verdad.

Eran muchas preguntas a la vez que me tomaron por sorpresa, además de parecer como un interrogatorio. Sin embargo, por la manera tan amable y divertida de las preguntas y la forma de hacerlas, respondí de manera natural. En ese momento creí que estaba platicando con algún sacerdote, tanto por su vestimenta como por la entonación en la que me hacía las preguntas. Era un tono que emanaba mucha confianza y respeto. Creo que esa era una de las virtudes más grandes que él tenía como ser humano: hacer sentir a la persona más humilde la más importante en una conversación.

Le dije mi nombre, que estaba interesado en aprender luminotecnia y que por eso estaba allí con Josué, que me gustaba el teatro y lo había estudiado en el TAU. Se empezó a desarrollar una conversación muy amena, preguntándome sobre lo que había leído de teatro, sobre técnicas teatrales, actores favoritos de cine, dramaturgos, etcétera. En eso regreso Josué y saludó a Carrillo de una manera muy efusiva, y lo llamó por su nombre desde el principio. En ese momento vine a saber que se trataba de Hugo Carrillo.

Acerca de Culturales de Maco

Notas culturales compartidas y creadas por Marco Monzón, y colaboraciones para compartir desde la cultura, el arte, la espiritualidad y la tradición católica. Comparte ademàs, notas culturales de medios de comunicaciòn.
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