Miguel Ángel Asturias habla sobre El Señor Presidente. -2 de 3-

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Ya después conocimos a Joyce, en el que, si no es verdad que la palabra haya sido su principal preocupación, es indudable que Joyce jugaba con el idioma en tal forma que, uniendo las palabras en un sentido o en otro, se encuentra una u otra descripción o una u otra manifestación. Recuerdo que Alejo Carpenter escribía entonces una novela de la que sólo algunos capítulos se publicaron, no sé si se escribió entera –en una revista que se llamó Imán-, que se llamaba Ecue Yamba O. La novela empezaba más o menos así: “Ecueyambaó, retumban las tumbas en casa de Acué; yambaó, yambaó, en casa de Acué, retumban las tumbas; retumban las tumbas en casa de Acué.” Es un poco el “¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre!”. Esa cosa: nosotros teníamos la preocupación por el sonido de las palabras en esos momentos. 

Esto debemos unirlo también al movimiento surrealista que empezaba, que ya estaba desarrollando en Francia; había llegado Tristán Tzara, había terminado un poco el dadaísmo, y comenzaba Breton y comenzaban los surrealistas a lanzar sus manifiestos y a impulsar la creación puramente mecánica. Nos entusiasmó a nosotros la idea de podernos sentar a la máquina de escribir o frente a una cuartilla y empezar a escribir mecánicamente procurando la no intervención de la inteligencia; y entonces, con Arturo Uslar Pietri, un venezolano que escribía “Las lanzas coloradas”, hacíamos ejercicios de esta clase; pero los hacíamos con máquinas de escribir. Poníamos el papel y empezábamos a escribir en forma casi mecánica, de donde salieron muchísimos textos que también publicaron en esta revista que se llamó Imán. Estos textos, que al parecer eran disparatados, ya juzgados en cierta forma, tenían una cierta unidad, caótica si se quiere, pero eran reveladores de un gran acervo del subconsciente nuestro, de nuestra forma de ser y de pensar tal vez latinoamericana. 

Ya en esa época empezamos también a estudiar, a formar, a escribir poemas en los cuales leyendo las palabras en un sentido significaban una cosa y juntando las palabras en donde terminaban con el principio de la siguiente palabra significaban otra cosa. Todo esto fue un gran trabajo de laboratorio. 

Al mismo tiempo, yo estudiaba con el profesor Raynaud “Mitos y Religiones de la América Maya”; quiere decir, que yo repartía mi tiempo entre los estudios éstos que realizaba en La Sorbona sobre mitos indígenas y esta otra actividad lateral, que era una actividad que yo no me atrevo a llamar siquiera literaria, sino que era una actividad de gusto por la palabra, de gusto por la creación, por recordar, por conservar, y es así como más o menos va naciendo El Señor Presidente. 

Si estos datos pueden servir para aclarar algo sobre la creación de El Señor Presidente, pues ya he contado esto y puedo ir ampliándolos según vaya recordando. 

Yo creo que a mí me habla El Señor Presidente, y hasta lo he pensado, como un mito que ha sido creado a través de la novela; es decir, El Señor Presidente es para mí ya un mito, un hombre… Porque yo lo que creo es que los “Señores Presidentes” se han dado especialmente en la América Latina, en países en donde hay una gran cantidad de mitos. El Presidente Estrada Cabrera, el que figura en la novela, para mí es un ser mitológico, si charlamos desde ese punto de vista de cómo lo veo ahora; y entonces, yo siento que ese mito, ese hombre que ejerce el mito, lo realizó, lo vivimos nosotros, lo sufrimos, pero en el libro ha quedado de esa forma… 

Ahora, a mí me sucede que con El Señor Presidente hay dos aspectos. En primer lugar, a Estrada Cabrera yo, mientras estuvo en el Gobierno, no lo vi nunca. A Estrada Cabrera lo vi la primera vez cuando lo fuimos a capturar, que yo fui representante de los estudiantes universitarios, y llegamos a La Palma, y estaba “el hombre” sentado, con su sombrero negro.

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Acerca de Culturales de Maco

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