Breve panorama de la poesía guatemalteca -1 de 2-

vania 1Autor:
Vania Vargas
Tomado de Revista Literofilia
Guatemala, C. A.

Los países felices y las mujeres honestas no tienen historia, decía el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti. Esa es la frase que me viene a la mente cada vez que hago el recuento del origen de algunos de los autores que de acuerdo con mi amor de lectora le han regalado a la literatura universal algunas de las historias más bellas e intensas. Allí está el Siglo de Oro español, brillando literariamente con Cervantes, Lope de Vega, Quevedo y compañía en una España en crisis económica y social. La literatura del Sur de Estados Unidos, ese territorio que vivió la guerra de secesión, la esclavitud, el drama de la migración, un territorio salvaje en el que nacieron autores como Faulkner, Goyen, McCarthy; y cómo no mencionar la riqueza de la literatura latinoamericana en general.

Ha sido, la crisis, sin duda, el nicho propicio para ese surgimiento. La vulnerabilidad que esta provoca  recayendo en esos entes sensibles que perciben su realidad, intentan digerirla e inevitablemente reaccionan ante ella y se convierten en las voces de un sujeto colectivo en las que se puede rastrear el testimonio y el canto de un lugar y de un tiempo convulso.

Guatemala está en el extremo norte del Istmo. Es un país que se puede delinear por sus fronteras, sus montañas, sus ríos, sus volcanes, sus 23 pueblos, sus 23 idiomas, su guerra de 36 años, su posguerra palpitante, su capacidad de cambiar de clima a cada pocos kilómetros, y su capacidad de crear contrastes sociales con solo cambiar de zona. Un país que se puede delinear por sus dictaduras militares, sus 10 años de primavera democrática, su contrarrevolución, su terremoto, sus luchas sociales divididas y fallidas, su racismo. Y existe un mapa que delinea al mismo tiempo su territorio y sus conflictos, sus miedos y sus deseos, es el mapa de su literatura. Ese que parte de una narrativa castellanizada. Textos traducidos al español con alusiones a los mitos hebreos y largos párrafos en latín que delatan la intrusión violenta, el choque del nuevo origen, y transcurre con el rastro de grupos que compartían afinidades y luchas, y que tuvieron su década de brillo, pérdidas, exilios y esfuerzos editoriales propios que hoy nos permiten hilar una historia de la literatura guatemalteca.

Retrocedo hacia el siglo XX, me centro en los poetas. La poesía ha sido el género que por sus características de brevedad y ritmo propicia la interacción colectiva, en contraposición con la narrativa que debido a su extensión es un género que se expande mejor frente al lector en soledad. Los narradores son lobos mucho más solitarios en el momento de crear y de compartir su creación. En cambio, es en el colectivo posterior a la creación como muchos poetas parecen ir cruzando las décadas, las han delineado, han dado testimonio de ellas, y es así como se les ha facilitado la posibilidad de dejar constancia mediante la auto gestión financiera de  publicaciones de grupo y de autor. Una actividad que bien podría considerarse una tradición que cruza el tiempo y actualmente se mantiene como una posibilidad y una con mayor fuerza aún entre los escritores que lejos de la capital, ese lugar en donde se concentran las mínimas posibilidades editoriales, siguen valiéndose de las imprentas locales para multiplicar la palabra, para hacerla circular en tirajes breves y ediciones sencillas.

En un país con un alto porcentaje de analfabetismo, han tenido que pasar años para que empiecen a florecer las editoriales, esos espacios de resistencia que aún con el contexto social en contra deciden apostar por publicar literatura, y quién sabe cuántos años más deberán resistir mientras surgen las condiciones sociales necesarias para que el libro pueda ser accesible económica y culturalmente para todos, y el apoyo estatal para su única editorial deje de ser una limitante para el rescate y la publicación de una producción literaria que no se detiene y nos nombra como país.

Un país que en 1910, mientras atravesaba el cielo el cometa Halley, veía desfilar por  la pequeña ciudad de Quetzaltenango, un territorio en el extremo Este del país, una constelación de artistas y escritores que alrededor de Jaime Sabartés, que había sido secretario de Picasso, dejaban plasmado el mito de una ciudad en la que brillaba la cultura. Y que dejó testimonio valiéndose de la pequeña imprenta de uno de sus poetas, Osmundo Arriola. Décadas después nacería en esa misma ciudad el poeta de la lucha armada, Otto René Castillo, cerca de cuya casa surgió hace 12 años el Festival Internacional de Poesía de Quetzaltenango que se ha constituido como uno de los más importantes de la región.

Un país cuya visión fue transformada en 1920 cuando una generación de escritores viajó a París y tuvo  contacto con las vanguardias: Allá se encontró con Guatemala, leyendo los textos precolombinos, el joven Miguel Ángel Asturias, de quien podemos encontrar lo mejor de su poesía en su narrativa; de allá volvió iluminado Luis Cardoza y Aragón, lleno de figuras que revientan como bengalas; y de allá volvió para no salir más César Brañas el prolífico poeta que se hacía el sordo para no interactuar, armaba sus propios libros de manera artesanal y luego los repartía entre sus amigos. Tres reconocidos pilares sobre los que se sienta la historia reciente de nuestras palabras.

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Acerca de Culturales de Maco

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