EL HONOR DE UNA MUJER (3 de 3)

plaza.JPGEscribe:
Mario Gilberto González R.
Ex Cronista de La Antigua Guatemala

En la Edad Media vivían en santa paz, armonía y respeto, judíos, árabes y cristianos. Cada quien en su jurisdicción urbana, pero en la vida cotidiana se mezclaban sin recelo. Vivía en la aljama o la judería un judío potentado llamado Salomón, viudo y padre de Susana su única hija. Su mansión estaba engalanada con un jardín donde florecían rosas, mirtos y geranios. Tenía, además, una alberca cubierta de mármol y azulejos.

Susana fue favorecida físicamente con líneas esculturales dignas  para ser copiadas por un hábil escultor. Las facciones de su cara eran las de un ángel venido a la Tierra. En sus ojos brillaban las estrellas y de sus labios finos se escapaba –con cierta coquetería-  una sonrisa. Sus manos y sus pies, parecían hechos de alabastro. Estaba en la flor de su pujante juventud.

Su belleza no  pasó inadvertida cuando se desplazaba por la aljama, por lo que su admiración, y su codicia, tampoco se escapó  de cuantos la veían.

Tres  ricos comerciantes judíos y un rabino, quedaron prendados de su belleza y urdieron la estrategia de aprovecharse de ella cuando se bañara en la alberca de su jardín. Esperaron con paciencia. Una mañana de verano apareció Susana en el jardín rumbo a la alberca. En la medida que se quitaba sus prendas, el fuego de la pasión que les quemaba las entrañas aumentaba y se tornó incendio cuando la vieron totalmente desnuda sumergirse en las frescas y perfumadas aguas de la alberca.

La tentación superó a la prudencia y a un solo impulso, saltaron las tapias del jardín. Cuando vieron de cerca toda su belleza y los encantos que los turbaba, sorpresivamente vieron la luz de un relámpago y escucharon el estruendo de un rayo que de inmediato los privó de la vista.

En un recodo, frente a la mansión del rico Salomón, había una placita donde los cuatro ciegos, sin olvidar la belleza de Susana y la codicia que los impulsó en intento de aprovecharse de ella,  pedían limosna y arrepentidos contaban el por qué del  castigo de su ceguera.

Cada ciudad tiene su historia, sus costumbres, sus recuerdos y sus leyendas. La mejor forma de conocer a una ciudad es desde el sitio y la situación. Muchos hechos y leyendas se pierden en la relación oral al correr del tiempo. Pero es un  gozo para el investigador,  cuando las encuentra reposando en los anaqueles de las viejas bibliotecas.

Mario Benedetti nos regala esta reflexión: “Todo se hunde en la niebla del olvido… pero cuando la niebla se despeja, el olvido está lleno de memoria”. Los vallisoletanos quisieron conservar esta leyenda, donde los enamorados de Susana pedían limosna,  llamando al sitio “La Plaza de los Ciegos”.

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Acerca de Culturales de Maco

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