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Escribe:

Mario Gilberto González R.
Ex Cronista de La Antigua Guatemala

Cuando llegó en su auxilio la servidumbre, los dos jueces viejos se apresuraron a explicarles a su modo lo sucedido. Que sorprendieron a Susana en adulterio con un joven que al oír sus gritos, huyó a toda prisa por la puerta del jardín, sin reconocerlo ni poderlo detener porque era físicamente más fuerte que ellos. Los criados quedaron avergonzados porque antes no se había dicho cosa semejante de Susana.

Los dos jueces viejos se apresuraron a contarle al pueblo lo que –según su versión-  vieron. Las leyes contra la infidelidad eran severas. Y Susana a pesar de proclamar su inocencia,  fue condenada a muerte por lapidación. La  sentencia era irrevocable y debía de cumplirse.

La lapidación consiste -aún en nuestros días-  en sepultar en la tierra medio cuerpo de la persona sentenciada, vendarle los ojos y lanzarle piedras de cualquier tamaño hasta morir.

Cuando llevaban a Susana atada de manos y a empujones y el pueblo armado de piedras en ambas manos,  por las calles de Babilonia para cumplir la sentencia,  salió a su paso el joven profeta Daniel. Al escuchar los gritos de inocencia que proclamaba Susana, mandó detener la comitiva y con autoridad preguntó qué era  lo que sucedía. Los jueces viejos le relataron  lo que vieron. De inmediato –por iluminación divina-  intuyó que se había levantado un falso contra ella.  Con esa seguridad, mandó volver la comitiva al tribunal y ordenó que separaran a un juez del otro, porque él los iba a interrogar.

Llamó al primero y le preguntó “si tú lo has visto, dinos debajo de qué árbol los viste entretenerse juntos” El juez respondió: debajo de una acacia.

Mandó a traer al segundo y le hizo la misma pregunta. El juez, para confirmar lo que vio,  respondió con seguridad “debajo de una encina”

Aclarada por Daniel la mentira en la que se basaba una falsa acusación, la asamblea se abalanzó contra los dos jueces viejos y les dieron muerte para cumplir la Ley de Moisés. “Ese día se salvó una vida inocente” y los familiares de Susana lo celebraban con alegría de que no se había hallado nada indigno en ella. El honor de una mujer estaba a salvo.

Ahora invito al lector para que juntos visitemos la ciudad de Valladolid, España y sentados en uno de los bancos de la Plaza de los Ciegos,  recordemos una leyenda similar a lo que narra el Libro de Daniel,   que ronda en su entorno y que  la modernidad ha olvidado.

Antes conozcamos un poco la ciudad. Valladolid remonta sus orígenes de Villa al siglo VIII a. de C., y su origen etimológico más aceptado es ser “valle de olivos”. La atraviesan los ríos Pisuerga y Esgueva. Su época de esplendor fue durante el reinado del monarca leonés-castellano Alfonso VI. En Valladolid celebraron sus bodas matrimoniales Alfonso X el Sabio con la Infanta catalana Violante de Aragón y la de  Fernando Príncipe de Aragón con Isabel,  Princesa de Castilla, conocidos como los Reyes Católicos que unificaron los dos reinos más poderosos de la península.

Fue también Corte de los Reyes y en un momento Capital del mundo hispánico al tener su sede el Consejo de Indias. En ella fallecieron Juan II de Castilla y el Almirante Cristóbal Colón y tanto Magallanes como Sebastián Elcano firmaron las Capitulaciones para darle la vuelta al mundo.

Fue sede de la Chancillería o Tribunal Supremo de Justicia. Su Estudio General fue elevado a la categoría de Universidad con bendición  pontificia.   Nacieron los Reyes  Felipe II y Felipe IV. Se levantaron para la nobleza palacios y casas blasonadas. Cervantes estuvo preso en su cárcel involucrado en la muerte de Gaspar de Ezpeleta y José Zorrilla y Moral, le puso encanto,  romanticismo y vuelo poético al parlamento de don Juan Tenorio, en procura de conquistar el corazón de doña Inés. En los tiempos actuales, Miguel Delibes legó para la posteridad,  más de cincuenta obras literarias.

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Acerca de Culturales de Maco

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