EL CEMENTERIO ANTIGÜEÑO (Fragmento)

cementerio-1Por:
Mario Gilberto González R.
Ex Cronista de La Antigua Guatemala.
Colaboración especial

Antes de cruzar el umbral del Cementerio antigüeño, nos invita a la primera reflexión.  En el frontispicio, en lo alto a la vista de todos, encontramos este mensaje: “La vida de los muertos consiste en la memoria de los vivos.”

Nuestros padres, nuestros hermanos, familiares y amigos, no están muertos si nuestra memoria es capaz de recordarlos siempre. Y viven en la medida que hagamos recuerdos emotivos de ellos. La muerte se lleva sus cuerpos pero  le arrebatamos y se quedan con nosotros sus cualidades personales, sus valores, su cariño y su ejemplo. Su recuerdo es lumbre en el altar del afecto y por eso no mueren sino viven en nuestros corazones.

Horacio –Quinto Horacio Flaco, poeta romano 65 a C.- decía “Non omnis moriar multaque pars mei vitabit Libitinam; usque ego postera crescam laude recens…” “No moriré del todo, una gran parte de mí evitará la Libitina, es decir, la muerte, la destrucción; yo seguiré creciendo, siempre joven…” porque “La auténtica muerte sobreviene cuando la gente se olvida de las personas que han vivido…”

Se detiene

Tan pronto hemos cruzado su umbral, nos encontramos con este otro mensaje: “En la lobreguez de una tumba, es donde tan sólo podréis encontrar reciprocidad a tus verdaderos más nobles y puros afectos. Pasad y visitad a los muertos…”

Ya en el interior del Cementerio Antigüeño, a pocos pasos de su umbral cuando nos disponemos a recorrer sus calles y avenidas sembradas de cipreses y de altos pinos –que regalan su aroma y su silbido-,  nos vemos obligados a conjugar las profundas leyendas que ornamentan sus paredes con la reflexión de lecturas que nos hablan de la muerte.”Cuántas veces –nos dice Kempis en su Imitación de Cristo- oíste contar que uno murió de estocada, otro se ahogó, otro cayó de lo alto y se rompió la cabeza, otro comiendo se quedó yerto, a otro jugando le sobrevino su fin. Uno murió con fuego, otro con hierro, otro de peste, otro en manos de ladrones; y así la muerte es fenecimiento de todos, y la vida del hombre se pasa como sombra súbitamente…”cementerio-2

El odio, el rencor, la envidia, los celos… y tantas cosas negativas, se quedan fuera. Dentro del Cementerio no hay turbulencias emotivas ni reclamos. Hay paz en su expresión pura. Nuestros afectos se enaltecen frente a una tumba. Ni tu puedes ofender ni ellos pueden defenderse. Y la invitación es sencilla: “Pasad y visitad a los muertos…”

El tema de la muerte es apasionante y las leyendas del Cementerio antigüeño, invitan a serias reflexiones.

Frente a la tumba de una madre, el alma  se desgarra  en mil pedazos y el corazón sangra de nuevo. La ternura nos arropa y nos retorna a días felices. Quisiéramos refugiarnos en su regazo. Frente a la del padre, se hace un vacío por su ausencia irreparable. Y fluyen limpios y renovados sus consejos. Su fortaleza y su apoyo. ¿Y frente a la tumba de  los abuelos y las abuelas consentidoras? ¡Qué de recuerdos inolvidables! Desde sus cuentos infantiles hasta escondernos entre sus enaguas almidonadas cuando cometíamos  una travesura. Era una fortaleza que nadie vencía.  Frente a la de un hermano, de una esposa, de un hijo o un amigo ¡qué derroche de lágrimas…de recuerdos, de ausencias, de vacíos insondables…

Cuando estoy frente a la tumba de mis padres, es  encontrar las raíces  del árbol de mi vida. El sagrado sitio desde donde se nutre y alimenta mi existir.  También ahí están las ramas poderosas de ese árbol en las tumbas de mis hermanos.

Frente a la tumba de la madre, podemos recordar estos versos de Olegario Víctor Andrade, titulado “Los Consejos de mi madre”

“Ella inclinó la frente pensativa.
Se turbó su pupila,
Y enjugando sus ojos y los míos,
Me dijo más tranquila:
-Llama siempre a tu madre cuando sufras,
que vendrá muerta o viva,
¡Si está en el mundo: a compartir tus penas,
y si nó, a consolarte desde arriba…
Y lo hago así cuando la suerte ruda
Como hoy perturba de mi hogar la calma;
Invoco el nombre de mi madre amada,
¡y entonces siento que se me ensancha  el alma.!

Ante la majestad de la tumba del padre, la reciedumbre de espíritu se expresa en estos versos  “Mi Padre” de Juan de Dios Peza:

Mi padre tiene en su mirar sereno
Reflejo fiel de su conciencia honrada;
¡Cuánto consejo cariñoso  y bueno
sorprendo en el fulgor de su mirada.”

Antes de recorrer sus calles y avenidas sembradas de cipreses, de blancos mausoleos, de galerías de tumbas y altos pinos, llega a mi memoria la reflexión que nos regala Jostein Gaarder en su libro “La joven de las naranjas”. Cada uno tiene un sitio en la tierra y el tiempo limitado. Si, el tiempo limitado. Hay un tiempo para cada cosa nos dice el Eclesiastés. Un tiempo para nacer y otro para morir. Uno para reír y otro para llorar. Cada tumba es el cierre del capítulo de la vida.

“La majestad se encuentra del misterio
al umbral de esta fúnebre morada.
Contemplar un instante el Cementerio,
Es ver el mundo convertido en nada.”

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Acerca de Culturales de Maco

Notas culturales compartidas y creadas por Marco Monzón, y colaboraciones para compartir desde la cultura, el arte, la espiritualidad y la tradición católica. Comparte ademàs, notas culturales de medios de comunicaciòn.
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