La libertad y el teatro -1 de 3-

teatro.jpgPor
José Monleón
CELCIT
Colaboración para la
Red Nacional de Gestores Culturales

Creo que la libertad constituye el tema central de buena parte del mejor teatro de todas las épocas. No abordada como objetivo declarado, pero sí, de manera implícita, en tanto que los límites y riesgos de los comportamientos, el conflicto entre lo que se “quiere”, se “debe” y se “puede” hacer y las consecuencias de la decisión, están en la base de cualquier historia dramática.
Cabe, desde luego, que la representación muestre claramente la disyuntiva entre un comportamiento recusable y otro rebosante de comprensión y solidaridad; pero, a menos que nos muestre las consecuencias y no haga como esos políticos que se declaran “opuestos a la guerra” y luego están dispuestos a suscribir y justificar cuantas supongan un beneficio, tales obras suelen quedarse en una ilustración de la mala conciencia. Es decir, en un modo de ajustar cuentas con la propia insatisfacción.

La libertad es un concepto dialéctico. Es decir, un valor que debe ser examinado considerando las circunstancias del personaje, del marco social y de la ocasión en que se ejerce. Y es también un valor inherente a una trayectoria y a la coherencia de un pensamiento y de una conducta mucho antes que el gesto ocasional, sujeto a impulsos de diverso carácter, incluido el afán de protagonismo. En última instancia, una misma decisión, según el discurso global de donde emerge, puede ser un acto de cautela o una claudicación.

La libertad fue ya, de hecho, el motor de las interrogaciones que poblaron la tragedia griega. Estaba, pues, vinculada a situaciones precisas, de las que formaba parte la condición del personaje y el ámbito circunstancial y cultural de la acción. Al concluir “Antígona”, “Las troyanas”, “Edipo” o “Las bacantes”, por poner unos cuantos ejemplos ilustres, lo que prevalecía – y prevalece – era la interrogación sobre el tejido histórico y social que había condicionado los distintos comportamientos y generado las víctimas. Y, en definitiva, lo que se cuestionaba – y esa es la razón de que las tragedias de la Grecia del siglo V antes de C, sigan representándose hoy – era un status colectivo de la libertad, que imponía sus límites, exigía determinados comportamientos, y, en definitiva, castigaba gravemente a quienes los vulneraban.

La mitología era una parte del infierno. Pero, en los mejores casos, esta presión no alcanzaba a anular el juicio del personaje, que vivía sujeto al conflicto entre lo que “quería” y lo que “podía” hacer, entre solicitudes ligadas a su exigencia personal y las que se derivaban de su condición social, de su pertenencia a un mundo compartido. Y, en razón de esto último, de las consecuencias que la decisión personal podía tener para terceros.

Otra reflexión que se cruza en el debate es la de los diversos planos en los que se instala. No tiene el mismo alcance la libertad de pensamiento o la libertad del imaginario, que se modelan en el interior de un personaje, y le prestan un potencial para la acción, que la acción misma. En el primer caso estamos ante espacios irrenunciables, en el segundo es forzoso y deseable el interrogarnos por sus consecuencias. No ya personales, sino en función de la causa que esa acción pretende defender.

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Acerca de Culturales de Maco

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