EDUCACIÓN Y CULTURA. LA FUNCIÓN DEL TEATRO -2 de 2-

monleonPor
José Monleón
Escritor y director teatral
Compartido para la
Red Nacional de Gestores Culturales

Hoy, la sociedad de la información, el desarrollo de la comunicación personal, las migraciones, el avance tecnológico, el incremento de las armas de destrucción masiva, el deterioro ecológico y aun la imagen reiterada de la miseria y la riqueza, suponen una presión intelectual y emocional que, forzosamente, se traduce en perplejidad, soledad y petición de un nuevo discurso histórico. Ya la guerra de Troya fue un saqueo que buscó en el rapto de Elena y la consiguiente ofensa a los griegos, su justificación. Como han hecho ahora los Estados Unidos, alegando el armamento nuclear de Irak, para asegurar el control estratégico de la zona y el beneficio de su petróleo. Pongo un ejemplo antiguo y uno reciente. Pero toda la historia está llena de gloriosas explicaciones de las más dudosas acciones.

Esto conecta con otro hecho esencial: la traición de la ciencia a los intereses generales de la humanidad. Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que se pensaba que el desarrollo de la ciencia iba a hacer más felices a los humanos. La ciencia no iba a descubrir aquello que diese más beneficios, sino aquello que ampliase las posibilidades de vida de los humanos, su conocimiento del mundo, su madurez intelectual y personal. No ha sido así, obviamente. Sabemos que en África mueren millones de personas simplemente porque no disponen de dinero para las medicinas. Como sabemos que la energía atómica, lejos de ser el descubrimiento de una energía alternativa, quizás necesaria dentro de algún tiempo, fue el resultado de una investigación que culminó en las tierras de Hiroshima y Nagasaki. Recordemos el episodio de algunos investigadores abrumados por su mala conciencia. O ese discurso que aparece en la última versión del Galileo Galilei de Bertolt Brecht, cuando aquel se pregunta si no deberían estar siempre los humanos por encima de las conquistas de la ciencia.

Educación, ¿para qué? La creación de un mundo en paz, que asuma cuanto hay en el legado histórico que no sea incompatible con ella, que descubra el valor de la singularidad en la armonía general, que acabe con la hostilidad entre el Estado y el individuo, que elimine la pobreza y el hambre, es una respuesta que aúna las viejas demandas éticas con la percepción de la incidencia decisiva de las nuevas circunstancias. Las Naciones Unidas se han comprometido a que en el año 2015 haya desaparecido el hambre del mundo. No parece, en absoluto, que estemos en ese camino. Los neoimperialismos y la lucha por el dominio de la economía del mundo se mantienen, y cada vez, aseguran las encuestas, los ricos son más ricos y es mayor el número de pobres.

Educación, ¿para qué? Por lo pronto, ya no cabe reducirla a una transmisión de los valores establecidos. Carecemos de modelos, entre otras cosas, porque sabemos que las respuestas no caben a nivel estrictamente personal, familiar, regional o nacional. El Otro, ese sujeto lejano, anónimo, pintoresco, adversario en las batallas, está en nuestra tierra. Físicamente y a través de la información. Y todo el mundo ha de construirse, cada vez más, con todo el mundo. Y si antes la “ciudadanía del mundo” era una hermosa retórica, ahora es una realidad. Esa es la paradoja, que cada vez somos más ciudadanos del mundo y hay quien pelea por su estatuto local o es incapaz de entender el porqué de una constitución europea.

La educación es una conquista, es una búsqueda. Por eso, está lleno de sentido que miles o millones de adultos reclamen hoy el derecho a la educación a lo largo de su vida. Educación para romper el rebaño, educación para una solidaridad libre y responsable, educación para construir entre todos una nueva ciudadanía.

¿Cuál es la función del teatro en esta demanda? Cierto es que buena parte del mismo no ha hecho otra cosa que cooperar con las ideologías dominantes. Es decir, se ha limitado a ilustrar comportamientos que resolvían los conflictos según la moral establecida. Ganadores y perdedores salían a escena para demostrar las ventajas de la obediencia y los peligros del desacato. Cada doctrina necesitaba, aparte de sus prescripciones y argumentos, de un imaginario complementario. Estaba el Cielo o el Infierno, el futuro feliz de una sociedad sin clases o la victoria del imperio; razonar, estimular la conciencia crítica, no era un buen camino para el poder. Necesitaba mitos, líderes, dioses, patrias, convicciones, para comprar la imaginación de sus súbditos. Por eso, libró numerosas batallas con el teatro, ora prohibiéndolo, ora censurándolo, ora empleándolo para sus propios objetivos. Y construyó una historia, una teoría y una crítica a favor de un teatro del apaciguamiento, o quizá mejor, del embaucamiento, para que el público creyera estar soñando otra vida y siguiera soñando la vida del poder.

No ha sido así siempre, sin embargo. Por eso hablamos aquí de teatro. Como tampoco la educación ha sido siempre la sumisión de las ovejas a las voces del pastor. En los dos ámbitos, en el de la educación y en el de la imaginación, se han alzado preguntas inoportunas, perplejidades ante el dolor innecesario, rebeliones contra el destino. Supongo que el mundo siempre ha sido oscuro para una gran mayoría, pero es lo cierto que esta, o no sabía que vivía en la oscuridad, o aceptaba las explicaciones de la Compañía Eléctrica. Hoy no es así. Al menos, para mucha gente. Y, otra vez, le corresponde al teatro, como ya hiciera con la tragedia griega, preguntar el porqué del hambre, del miedo y de la guerra; el porqué de tanta bandera entrecruzada; el porqué de tantos dioses a la greña; el porqué de tantas leyes del espanto. El pez gordo sonríe y se come al chico, porque así está dispuesto por las leyes de la naturaleza. Pero, otra vez, otra vez, se arremolina la corriente de los insumisos, del imaginario rebelado, y se multiplican, aquí y allí, las preguntas prohibidas, los grandes vacíos sin respuesta. ¿Educación para qué? ¿Teatro para qué? Los millones de muertos de hambre y las víctimas de las guerras esperan la respuesta. Lo que no sabemos es si el instinto de supervivencia conseguirá formularlas. Otro teatro, para otra educación, para otra sociedad. Así estamos, mientras los “Señores de la Guerra” renuevan su armamento.

 

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Acerca de Culturales de Maco

Notas culturales compartidas y creadas por Marco Monzón, y colaboraciones para compartir desde la cultura, el arte, la espiritualidad y la tradición católica. Comparte ademàs, notas culturales de medios de comunicaciòn.
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