El locutor Pancholón, de origen qanjobal, destaca en la comunidad migrante de EE. UU. -1 de 2-

pancholon

“Pancholón”, originario de Santa Cruz Barillas, Huehuetenango, es propietario de 11 radios virtuales que operan desde Estados Unidos. Foto Prensa Libre: Cortesía de Francisco Juan Francisco.

Por:
Roberto Villalobos Viato
Revista D
Prensa Libre
Guatemala, C. A.

La pobreza lo hizo migrar a Estados Unidos en 1988. Allá, Francisco Juan Francisco se convirtió en un exitoso empresario de medios de comunicación. En las calles de Santa Cruz Barillas, Huehuetenango, allá por  la década de 1970, había un niño que caminaba con una cajita para lustrar zapatos. Por su trabajo, iba con las manos y la ropa manchadas de tinta. También se dedicaba a vender helados en  una carretilla.

Ese pequeño qanjobal se llama Francisco Juan Francisco, quien nació en ese municipio el 15 de enero de 1971.

“En ese tiempo quería tener dinerito para comer y para estudiar”, dice vía telefónica desde Míchigan, Estados Unidos, donde ahora reside. “Siempre quise ser alguien en la vida, pero no sabía cómo”, agrega.

En 1988, cuando tenía 17 años, decidió migrar a Los Ángeles de forma ilegal, con el único propósito de encontrar un empleo que le permitiera ayudar a su familia.

La travesía, como es bien sabido, fue dura y peligrosa. “Nunca me imaginé vivir en Estados Unidos. Pero aquí estoy; hay que trabajar duro para lograr lo que uno quiere”, comenta.

Hoy, Pancholón, como se le conoce, es propietario y locutor de Pancholón Broadcasting Corporation, una cadena de radios que opera por internet y que atiende los intereses de la comunidad migrante que reside en Estados Unidos, entre ellos guatemaltecos y mexicanos.

Allá se casó y tuvo tres niñas. Se divorció y volvió a contraer nupcias.

¿Viene a Guatemala? Por supuesto. “Extraño mi país, porque allá está mi familia, mi gente, mis raíces”, expresa.

¿Qué recuerda de su travesía?

Fue dura. En esa época ya había muchos ladrones en el sistema de trenes de México. Recuerdo que nos tuvimos que esconder en el trayecto entre Coatzacoalcos y la Ciudad de México, y de ahí hacia Guadalajara, pues los oficiales nos podían detener en cualquier momento. Pero la experiencia que nunca voy a olvidar fue cuando, también en tren, nos tocó pasar por el desierto de Sinaloa, pues el calor era intenso y no teníamos nada qué beber o comer, ni tampoco dinero para comprar lo poco que vendían. Así, sin nada, pasamos tres días.

¿Con quiénes iba?

Éramos bastantes, incluidos  los coyotes, pero nadie de mi familia.

¿Sus familiares apoyaron que se marchara a Estados Unidos?

La necesidad me empujó a hacer eso. Había nueve bocas que alimentar, pero no teníamos nada, ni siquiera para un cuaderno; éramos muy pobres. Además, afectaban las secuelas de la guerra interna —en ese municipio hubo varias masacres—. Por todo eso, mi padre aceptó que me viniera. Incluso, vendió un caballito para pagar mi  pasaje, que en ese tiempo (1988) costaba como Q500, pero ya era bastante dinero.

¿Lo esperaba algún familiar en EE. UU.?

Sí, tenía un tío en Los Ángeles, California, quien le pagó al coyote otros US$300 por haberme cruzado por Tijuana. En ese entonces era lo que cobraban, que era poco comparado con  lo que exigen hoy.

Al llegar, ¿sintió el choque cultural?

Sí. De hecho, lo sentí desde que estuve en México. En Guadalajara estaba comiendo  cuando, de pronto, la señora de la venta me preguntó si quería popote. Le dije que sí y le acerqué mi plato, pensando que me estaba ofreciendo una salsa o un picante. Ella solo se me quedó viendo. Yo no sabía que un popote era una pajilla.

¿Qué hizo al llegar a Los Ángeles?

Me recibió mi tío, pero acá uno tiene que valerse por sí mismo desde el principio, todos los días desde muy temprano hasta bastante entrada la noche. La gente la pasa muy mal si no sabe inglés ni tiene documentos. Los patrones se aprovechan porque aducen que uno no tiene derechos, ni siquiera a reclamar un sueldo. Muchos, incluso, llegan a pagar menos del salario mínimo.

¿Usted sabía inglés?

Ni una sola palabra; tampoco conocía las costumbres de la gente. Me sentía fuera de lugar,  lejos de mi familia y mis amigos. Tampoco tenía trabajo ni dinero. Llegó un punto en el que me quise regresar a Guatemala, pero a la vez tuve la voluntad de luchar por mi familia.

¿Cuál fue su primer empleo?

Fue en la costura, en el centro angelino. Estuve ahí por siete años. Mientras trabajaba iba a estudiar inglés por las tardes al Belmont Community Center, donde acudían otros migrantes, entre ellos muchos guatemaltecos. También asistía  a un curso de computación, que luego me sirvió para trabajar.

No perdió el tiempo.

Claro. Siempre quise ser alguien en este país. Con el tiempo me otorgaron asilo político.

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Acerca de Culturales de Maco

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