Cuidar La Antigua

ana maria rodas

Por:
Ana María Rodas
Columnista
elPeriódico
Guatemala, C. A.

El jueves pasado el Grupo Impulsor de La Antigua, constituido por, como ellos mismos han dicho públicamente, “fuerzas cívicas y políticas de oposición” hicieron entrega de la propuesta de planificación urbana que trabajaron desde el momento en que la arquitecta Susana Asensio fue electa como alcaldesa de aquella ciudad.

De manera puntual se hizo entrega al Concejo de La Antigua del plan, basado en una propuesta de planificación anterior. El Grupo Impulsor de La Antigua la tomó como fundamento para el texto entregado el jueves.  Los integrantes del colectivo trabajaron arduamente en ese documento durante siete meses.

Un resumen ejecutivo del proyecto les fue entregado a la alcaldesa y a los miembros del Concejo en marzo.

No conozco el contenido del texto,  y creo que el que no se le diera publicidad el jueves luego de su entrega formal ha sido un lapsus penoso. Muchas personas tenemos puesta nuestra vista en el desarrollo futuro de esa ciudad.

Entre arquitectos, urbanistas y personas que han asistido al deterioro casi sistemático que ha sufrido la ciudad en las últimas décadas existe una preocupación generalizada por el destino que pueda tener La Antigua Guatemala. Yo soy una de ellas.

Me sorprendió, durante el tiempo en que estuve en el Ministerio de Cultura entre 2015 y 2016, que el entonces alcalde interino de aquella ciudad tuviera interés en que el Ministerio le cediera a esa municipalidad el Real Palacio de los Capitanes Generales. Al fin y al cabo, en los días en que hizo tal pedido, el cargo que ostentaba estaba llegando a su fin.

Razones históricas, arquitectónicas y políticas, hacen de ese edificio, sede del gobierno, un emblema de lo que fue el Reino de Guatemala, que abarcaba casi todo Mesoamérica, puesto que comenzaba en México y terminaba en lo que hoy es Costa Rica.

La Antigua es considerada como la tercera ciudad, en lo que a esplendor se refiere, en la América española, compitiendo, en magnificencia con México, Puebla, Lima, Quito y Potosí.

Los terremotos de 1773, y el sordo enfrentamiento entre las autoridades civiles y religiosas, llevaron a que Martín de Mayorga, representante de la autoridad civil, ordenara el traslado de la ciudad capital del reino al lugar que ocupa actualmente.

Aquel terremoto y el posterior traslado fueron beneficiosos para el ordenamiento y aspecto de la ciudad, que permaneció inalterada, incluso en el abandono, durante varios siglos.

Desgraciadamente, durante la segunda mitad del siglo pasado La Antigua se volvió un lugar apetecido por muchas personas que jamás habían tenido nexos con la ciudad, pero que la hallaron digna de convertirse en lugar de paseo y de habitación.

Así, surgieron verdaderos engendros que, en contra de los reglamentos que aún están en vigor, produjeron casas de dos pisos, fachadas verdaderamente absurdas y una serie de construcciones y arreglos que no  pudo vetar el propio Consejo que tenía y tiene a su cargo la tarea de que la ciudad conserve el aspecto que le valió el que la Unesco la nombrara, en 1979, Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Paso en camino al cementerio de aquella ciudad y veo con tristeza el estado en que se encuentra lo que queda de la casa que fue de Rafael Landívar, jesuita antigüeño de los que fueron echados de los territorios españoles por Carlos III.

Cuando el alcalde interino nos solicitó que le fuera entregado el Real Palacio, con fingida inocencia pregunté a qué iba a dedicarse el edificio. Me fueron haciendo la lista de los comercios que querían colocar en su interior. Un shopping mall, finalmente. Claro, no se entregó el Palacio.

El Ministerio de Cultura es la Cenicienta del Ejecutivo. El año pasado, el Congreso le arrancó 22 millones de quetzales al Viceministerio del Patrimonio Cultural y se los adjudicó al de Deportes.

Con los exiguos fondos con los que cuenta el ministerio  —que tampoco deben ser excusa para que personas y grupos particulares quieran apropiarse de lo que le pertenece al Estado, a los guatemaltecos— la restauración adecuada del Real Palacio durará algunas décadas.

Espero que las constructoras no acaben con el área que debe proteger a La Antigua, y que llega hasta pueblos cercanos. Veremos qué sucede. Si gana el respeto por la historia y la cultura o el hambre infame por el dinero.

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