Reflexiones en torno a la cancelación de “La Última Cena. Alegorías Religiosas” -1 de 2-

salvador cuadroTomado de:
Revista Factum
por Allan Barrera y Breni Cuenca 
Compartido para la
Red Nacional de Gestores Culturales

El Salvador: Han pasado ya más de tres semanas desde la cancelación repentina por Secultura de la exposición plástica “La última cena. Alegorías religiosas”, en la que siete artistas plásticos salvadoreños reinterpretan y resignifican, desde su respectiva sensibilidad y estética, la escena de la Última Cena de Jesús de Nazaret, que alude al famoso mural de Leonardo Da Vinci en donde Jesús departe junto a sus doce discípulos.

La exposición estaba programada para inaugurarse el 28 de abril en la Sala Nacional de Exposiciones Salarrué. No obstante, dos días antes del significativo acontecimiento, el Director de Artes, Augusto Crespín, giro una notificación a Mayra Barraza, directora de dicha Sala, ordenando la cancelación de la exposición. No se presentó explicación del hecho, ni disculpas a los artistas que participaron con su obra, ni al público convocado.

Los artistas denunciaron el hecho como una acción de censura. En protesta, montaron la exposición en la calle, en el techo de la Sala Nacional de Exposiciones. Mientras tanto, la Secretaría de Cultura de la Presidencia guardó silencio por unos días y después publicó el 2 de mayo un deplorable comunicado de prensa. El escrito publicado no está calzado por la firma de ninguna autoridad responsable. Solo dice que la exposición fue cancelada debido “a razones de logística interna que sobrepasaron nuestra voluntad”, aduciendo que el 29 de abril se iniciaron labores de reparación de la infraestructura del edificio. La explicación era a todas luces increíble. Los artistas y el medio cultural obviamente no podían dar crédito a un comunicado cuyo argumento era atribuir el hecho a las reparaciones del local.  Todo sabemos que la directora de la Sala, Mayra Barraza, posee las credenciales profesionales y artísticas para determinar, oportunamente, la idoneidad o no de las condiciones de infraestructura y de logística que requiere un evento de esa naturaleza. Barraza posee un extenso currículo en el área cultural y una reconocida trayectoria como artista a nivel nacional e internacional, que respaldan el ejercicio de su cargo. Ella y Astrid Bahamond coordinan la curaduría de las exposiciones que tienen lugar en la Sala.

Como señaló el escritor Álvaro Rivera Larios, la cancelación de la exposición indica un “cierto estilo de dirección” de quienes dirigen Secultura. “Lo menos que se puede afirmar de dicho estilo es que lo caracteriza su falta de tacto. Falta de tacto le llamo a la violencia administrativa con que las altas instancias del gobierno corrigen o anulan decisiones que han tomado funcionarios de menor rango en sus áreas específicas de gestión.” En todo caso, hay que enfatizar que la curaduría de las obras y  creaciones artísticas realizadas o difundidas en el ámbito del Estado no puede quedar a merced de los criterios burocráticos, sino de aquellas personas e instancias que tienen el saber y el conocimiento de las prácticas especializadas en la materia.

Si el Director de Artes, Augusto Crespín, sin consulta previa con Mayra Barraza, ordenó la cancelación de una exposición organizada y anunciada con bastante antelación es imposible que no comprendiera que su acción conllevaba una falta de consideración y respeto hacia la directora de la Sala, quien como tal tiene la  responsabilidad de tomar decisiones en el campo de competencia que se le ha confiado.

Tal vez el estilo poco respetuoso de Crespín con Mayra Barraza solo puede discernirse a partir de los asombrosos conceptos que él expresó en una entrevista que circuló profusamente. (La entrevista no tiene fecha, pero se encuentra en el sitio web oficial de la Secretaria de Cultura de la Presidencia).

A la pregunta si existe algún artista nacional que admire por sus obras él responde lo siguiente:

“¡No, ninguno! Hay buenos artistas, pero ninguno me genera admiración o influencia alguna. Admiración es una palabra muy grande, pero sí es de admirar algo de este país: el color de este paisito, tiene una luz muy peculiar que si se habla de un artista para admirar, yo admiro la luz de este país”.

Crespín no encuentra ningún artista nacional admirable. Aparentemente, para Crespín solo son admirables los artistas europeos. Una declaración como esta es alarmante en boca del Director Nacional de Artes. Él personalmente puede admirar al artista que guste, pero como director nacional, tiene que poseer la sensibilidad y los conocimientos para valorar apropiadamente y en todo su alcance el arte y las demás creaciones culturales en El Salvador, en Latinoamérica y en el mundo. Y no solo admirar “el color…de este paisito”. Obviamente, el cargo de director de arte no está concebido para  ser desempeñado por un naturalista sino por un profesional que ame, respete y apueste por la creación humana, por el arte nacional y universal, en las distintas manifestaciones de las diversas culturas, las tradiciones y los tiempos.

Al respecto, Beatriz Cortez, artista y académica salvadoreña que reside en Estados Unidos, escribió en su muro de Facebook el 28 de abril lo siguiente:

“El director de artes no admira a ningún artista en este país, no entiende de arte contemporáneo, piensa que hacer arte es dominar una técnica y se define como impresionista francés. A pesar de que su obra es muy buena, esta entrevista demuestra que por su arrogancia, su falta de generosidad, su falta de conocimientos del arte contemporáneo y por su colonialismo internalizado, no está en capacidad de ser director de artes”.

Solo para recordarle al Director de Artes la tradición de la plástica salvadoreña que no le parece admirable, dicha valiosa tradición es un legado de una pléyade de artistas destacados, entre ellos: Valero Lecha (1894-1974), Toño Salazar (1897-1986) José Mejía Vides (1903-1990), Ana Julia Álvarez (1908-1980), Camilo Minero (1917-2005) Luis Ángel Salinas (1928-2000), Julia Díaz (1917-1999) Noé Canjura (1922-1970), Rosa Mena Valenzuela (1924-2004) Carlos Cañas (1924-2013) Antonio García Ponce (1938-2009), entre otros. Ello sin mencionar otras generaciones de artistas que representan corrientes creativas que están innovando las rutas tradicionales. Si ningún artista salvadoreño merece admiración a Crespín, ¿es acaso posible que él comprenda y defienda los derechos de la comunidad artística del país? En ese sentido, es atinado pensar que, como dice Beatriz Cortez, el cargo de Director en Artes le queda bastante grande.

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