Don Quijote, no pudo venir a Guatemala -2 de 4-

quijote 1Por:
Mario Gilberto González R.
Ex cronista de La Antigua Guatemala
Colaborador especial de la
Red Nacional de Gestores Culturales

Y nos cuenta que “transcurrieron meses y llegó la época de los exámenes. Aun siempre estimado amigo, –el Lic. D. Filadelfo Salazar- *, y a mí, nos tocó, por designación de los compañeros, el sostener el ‘acto público’ de Literatura. Uno de los miembros del tribunal lo fue el sabio doctor don José Leonar. Recuerdo muy bien que me hizo hablar de Cervantes. Palma estuvo presente. No he olvidado que, al concluir el examen, tuvo para Filadelfo y para mí conceptos de tiernas y expresivas felicitaciones, que nosotros oímos a través de la sinceridad que las dictaba y que recibidas fueron como una recompensa.

Aquel poeta, -poeta siempre,- nos pareció que lo era más cuando en tal forma nos halagó. Hasta creímos que la felicitación se asemejara al beso de un padre puesto sobre la frente de dos jóvenes que lo quisieron mucho. A la verdad, siempre hay gran semejanza entre el padre y el maestro… ¡Bien sabe de esas cosas la ternura…! “

Razón tiene Gregorio Marañón al distinguir entre profesor y maestro.  Profesor es el que enseña, mientras que Maestro es el que además de enseñar, ama. Y el poeta Palma, fue su evidencia. Recupero esta reflexión,  de cómo –en nuestros días- marcha nuestra educación y cultura en todos los niveles. Un Inspector de Educación Primaria, visitó la Escuela de Educación Primaria de un municipio lejano de la ciudad Capital. Cuando estuvo frente a los alumnos de sexto grado de primaria, le preguntó a uno de los niños:

Sabes tú ¿quién escribió el Quijote?

De momento se hizo un silencio y el niño le respondió: no Señor.

¡Increíble lo que me respondes!

Un poco enfadado el Inspector y con el tono de voz un tanto alto dice: ¿Cómo es posible que un estudiante de sexto grado de primaria, no sepa a estas alturas, quién escribió el Quijote?

El niño se soltó a llorar y le dijo al Inspector: “Señor, yo no escribí el Quijote”.

De inmediato el profesor salió en defensa del niño. Se puso de pie y categórico le dijo al Inspector: Si el niño le dice que no escribió el Quijote, esté seguro que no fue él.

El Inspector confundido por lo que  sucedía, fue donde el Alcalde y le expuso la pregunta que hizo y la respuesta que tuvo del niño y del profesor.

El Alcalde muy solemne, se colocó detrás del escritorio. Dio un manotazo sobre el viejo mueble que  levantó una nube de polvo y enérgico con aires de autoridad, le dijo: “Veya señor Inspector. En este Tribunal se hace justicia y en cuando yo sepa quien escribió el Quijote, lo meto preso”.

Más confundido el Inspector, fue con el Ministro de Educación a quien le refirió  lo sucedido. El Ministro se llevó las manos a la cabeza, cerró los ojos y con un suspiro dijo: “¡Ay, Señor Inspector! Imagínese ¿Qué sería de Lope de Vega si reviviera…?

El Ministro de Cultura que escuchó todo el relato, intervino y con disculpas por dar su opinión y con aires de culta altanería, afirmó: Habrá querido decir –Señor Ministro-, ¿Qué sería de don Francisco de Quevedo si reviviera?  

Una tarde,  en época de vacaciones, estaba sentado en uno de los bancos de calicanto que dan al frente de la Iglesia Catedral. El sol de la tarde bañaba la fachada.

Me agobiaba la idea de que quería continuar mis estudios de secundaria y los recursos económicos de la familia eran magros. Turbado en tan difícil situación, mi apreciación de la fachada de la Catedral se oscurecía con la obsesión que me arropaba. De pronto llegó uno de mis amigos y cuando le conté mis deseos y mi situación, me dijo: “yo  me voy a estudiar a la ciudad Capital”.  Sentí desplomarme. Mi mejor amigo se iba a estudiar a la ciudad Capital mientras que yo, tenía impedimento para hacerlo en mi propia ciudad.

Con cierto desencanto, nos fuimos a visitar el interior de las ruinas catedralicias. Mi configuración física era alta y delgada, mientras que la de mi amigo,  era gorda y baja.  Inmediatamente que entramos en la nave central, el sol que nos daba en la espalda, reflejó la sombra de nuestras figuras y por la configuración física de cada uno, percibí a lo largo de la nave, el Quijote y su escudero Sancho Panza. Imagen que, a pesar de los años transcurridos,  no se borra de mi memoria. Un soñador y un práctico. Me impactó de tal manera lo que me dijo mi amigo que por varios días omití los alimentos y permanecí en la cama.

Preocupados en la familia por mi comportamiento, me llamaron a capítulo. ¿Había hecho algo malo o era por estar enamorado? Cuando les expliqué el motivo, mi hermano mayor Julio Alberto (q.e.p.d.) ofreció ayudarme y me recomendó que fuera al Instituto a indagarme por los requisitos.   De inmediato, recuperé mi alegría y tranquilidad. Mi ánimo rebozaba y me preparé para mi nueva etapa de estudiante. Y quien le hacía gracia a mis ojos y causaba alteraciones cardiacas, se transformó,  como por encanto con albores celestiales, en mi Dulcinea de las perpetuas rosas.

El día, cuando salí con mi recibo de inscrito en el glorioso Instituto, por la puerta  de hierro, pintada de verde del vetusto Instituto,  que vio tantas ilusiones realizadas y otras frustradas, saltaba de alegría. Era la apertura de mi formación académica y la feliz oportunidad de forjar  una nueva vida.   Cuál sería mi sorpresa el primer día de clases que, el amigo que se iba a estudiar a la ciudad Capital, compartía conmigo la banca estudiantil.

Tan pronto pude, compré el libro,  el Hidalgo Caballero don Quijote de la Mancha en la Librería La lectura del Sr. Guzmán, que para los estudiantes fue una ayuda maravillosa. Eran libros de la Editorial Sopena Argentina al precio de ocho centavos de quetzal el ejemplar y quince centavos cuando eran dos tomos. En el Silencio de la que fue,  Sacristía de la Purísima y de la  librería del seráfico, a donde no llegaban los ruidos de la calle, cabalgaron, en ese profundo y maravilloso silencio, las dos célebres figuras que solo fue interrumpida, por la caída alterna de una gota de agua.

Esa lectura se completó, con el curso de Historia de la Literatura Española que impartió el profesor don José Luis Gaytán, con respaldo del libro del mismo título de Fermín Estrella Gutiérrez.

* El Licenciado en Ciencias Jurídicas, don Filadelfo Salazar, fue un profesional de mucha estimación, tanto por la calidad de su persona como por su sólida formación académica. Fue muy respetado y estimado por la sociedad antigüeña. Su casa de habitación era vecina a las ruinas del Carmen y fue dueño de la finca Filadelfia que hoy maneja, la Municipalidad de la ciudad de Antigua Guatemala.

 

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Acerca de Culturales de Maco

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