Imaginando al Perú: El arte de la migración

PERU IMAGINANDOPor:
Jorge Paredes Laos
El Dominical – Perú
Compartido desde EnredArs
Para la Red Nacional de Gestores Culturales

PERÚ: Un curador convoca a un grupo de artistas populares a exponer en un centro cultural; un escritor de origen andino construye una utopía feliz en plena época del terrorismo; una joven recrea plásticamente su historia familiar para desmontar el racismo existente en nuestra sociedad; y un poeta, hijo de padres provincianos, traza una obra  que, en esencia, desbarata cualquier discurso previo sobre la migración.

Estos son algunos de los personajes que pueblan este libro del sociólogo Gonzalo Portocarrero (“Imaginando al Perú: búsquedas desde lo andino en arte y literatura”), un contrapunto de ensayos sobre un grupo de artistas que miran el Perú desde la otra orilla, desde los Andes o desde esta Lima migrante del siglo XXI, donde confluyen estéticas y discursos diversos respecto a lo nacional. Narrativas desafiantes que van más allá de aquella imagen estereotipada que celebra la migración como un fenómeno de emprendimiento o superación personal.

Por el contrario, en estos textos se atisba una fe distinta. Intentos de integración y de síntesis que van más allá del mestizaje criollo y que se manifiestan tanto en los murales de Máximo Valverde, recogidos por el curador Alfredo Villar, como en la espléndida novela “País de Jauja” o en las obras de Claudia Coca o en los agitados versos de Domingo de Ramos. Portocarrero analiza estas obras y va construyendo las bases de una nueva interpretación del Perú.

Los artistas a veces se anticipan mejor al futuro que los científicos sociales. Con esta premisa Portocarrero se interna en la obra de Máximo Valverde y su hijo William, cuyos cerros coloridos aparecen iluminados por un extraño fulgor; o en los cuadros de Miguel Valverde, sobre todo en uno que esboza una alegoría esperanzadora con la imagen de Chacalón y otro titulado “El hombre que piensa”, en el que el personaje central —pintado a colores— está detenido delante de una multitud gris y uniforme.

Un hombre joven que parece interrogarse sobre su situación, mientras el resto sigue una rutina establecida. Ahí Portocarrero encuentra ciertos mensajes ocultos: “En el nuevo Perú existe en ciertos sectores un deseo de reconocimiento, de ser tomados en serio por el mundo oficial […]. Aquí domina, indiscutida, la esperanza simbolizada por ese Chacalón que invita a colonizar el futuro y quizá, sobre todo, el deslumbre que produce la conjunción de la cruz y la bandera sobre la montaña” (p. 31).

“Imaginando al Perú” es la continuación de un libro anterior de Portocarrero titulado “La urgencia por decir ‘nosotros'”. Si en aquel texto era el mundo criollo y sus intelectuales los que tomaban la palabra y fijaban la esencia de la peruanidad, ahora la voz la tienen los artistas de origen andino, esos personajes usualmente silenciados y que no habían sido capaces hasta ahora de reflexionar desde adentro con los propios códigos del colonizador. Ahí aparece en todo su esplendor la obra de Edgardo Rivera Martínez. Una novela como “País de Jauja”, escrita entre 1990 y 1992, en una época de crisis y barbarie, que traza un futuro posible.

En la vida de Claudio hay una síntesis feliz en esa ciudad andina, donde lo occidental y lo tradicional se han enraizado de manera diferente. Para decirlo en palabras de Portocarrero: “un mundo donde las heridas coloniales han cicatrizado y es posible imaginar una vida libre, ciudadana, sin amos ni siervos, donde cada uno defina su vida según su mejor anhelo” (p.61). Entonces surge otro mestizaje que ya no devalúa lo indígena sino que se construye cotidianamente a partir de una “pluralidad de entretejimientos”.

Ese es el milagro del que nos habla Rivera Martínez, y que anuncia los nuevos discursos del siglo XXI, como los planteados por Claudia Coca o Elliot Túpac en sus coloridos carteles. En “Todas las sangres… pintamos mejor”, Elliot (nacido en Lima en 1978 e hijo de migrantes) toma la frase arguediana para hacer “un llamado a la confluencia”, a la colaboración. En ese “pintamos mejor” hay una afirmación pero también aparece, otra vez, una esperanza. 

En el balneario de Ancón, en una misma plaza, existen dos monumentos diferentes. Uno pertenece a Miguel Grau, el héroe de la etapa republicana, y el otro a Túpac Amaru y Micaela Bastidas, los mártires indígenas. A pesar de compartir un espacio reducido, los monumentos están dispuestos de tal manera que no se miran entre sí. Ahí Portocarrero encuentra un símbolo de lo que ocurre hoy en el Perú entre el reducto criollo y el nuevo mundo popular. 

Hay signos de aproximación, de intercambio, algunos artistas dan cuenta de ello, pero todavía es insuficiente. “Las distancias se acortan y las identidades se vuelven más ‘líquidas’”, escribe el autor, y solo parece faltar una mirada compartida para concretar el encuentro, para iniciar ese largamente esperado diálogo.

 

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Acerca de Culturales de Maco

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