El Día de la Madre en La Escuela de Cristo

edecmadrePor:
Mario Gilberto González R.
Ex cronista de La Antigua Guatemala
Colaborador especial de la
Red Nacional de Gestores Culturales

El cierre de sus ojos para siempre de mi madre, fue un  golpe rudo a mi mundo afectivo. Me sentí en un vacío, en una nebulosa y sin rumbo. Mis alas aun no tenían la fortaleza para levantar el vuelo, pero fue necesario el impulso  y hacerlo para subsistir y desarrollar.

En pleno goce de la dorada juventud, cuando la vida es un arco iris y los sueños y ensueños adornan cada día, la pérdida de una joya como lo es la madre, su partida removió las sólidas columnas de ese sueño llamado porvenir. Se definió un ayer y un mañana incierto. Y la vida obligada por las circunstancias, tomó un rumbo diferente. Había que hacer acopio de consejos y principios y sin dilación vestir las ropas  y calzar las sandalias del peregrino y ponerse en camino. Las buenas gentes, fueron sostén maravilloso en el nuevo camino y en las aspiraciones. Y poco a poco la nube gris se fue disipando para confirmar que en la oscuridad, siempre hay una luz que nos alumbra.

La madre lo da todo sin esperar nada. Es la primera maestra de la vida. Es la joya invaluable del hogar, sin límite de tiempo para su labor. La mía –por ejemplo- un día antes de cerrar sus ojos, tenía debajo de la almohada la monedita de diez centavos para la compra del periódico dominical de mi interés. Aun en esas circunstancias, estaba pendiente de los detalles de cada hijo. ¡Admirable!

Mi llegada a la Hermandad del Sr Sepultado y María Santísima de la Soledad de la Escuela de Cristo, fue providencial. La presidía José Fidel Guerro Ardón, junto con Augusto Porras y después con don Modesto Salazar y un grupo de devotos plenamente integrados en su cometido. En  la Sub Directiva, fue notorio el entusiasmo devocional de Marco Antonio Gaytán,  Antonio Nájera, Alfredo Ponce López, don Daniel González y sus hijos,  Manuel Montiel y Jacobo Müller. Su devoción a las veneradas imágenes y el aporte de sangre nueva, oxigenó de inmediato las arcaicas estructuras de la Hermandad y la labor fue por una Hermandad renovada y progresista.

Al estar en silenciosa contemplación ante María Santísima de la Soledad, llegó un rayo de luz. ¿Por qué no celebrar con ella el Día de la Madre? Fidel Guerrero –que siempre fue agua de cántaro- se emocionó con la idea y la enriqueció con que ese día fueran homenajeadas varias madrecitas antigüeñas. En la víspera, una serenata con el instrumento nacional, la marimba. El domingo inmediato al día de la Madre, María Santísima de la Soledad, presidía el altar mayor entre flores blancas y numerosas velas altas. A las diez de la mañana, misa solemne y luego el homenaje consistente en un panegírico y la entrega de un diploma. Después velación de la venerada imagen y por la tarde, la presencia de agrupaciones religiosas.

La Municipalidad colaboró con el préstamo de sus sillas históricas que se colocaron en semicírculo sobre una alfombra roja, frente al altar.

Era imposible ocultar el asombro y a la vez la alegría de las Madres homenajeadas. Su vida maternal había pasado inadvertida,  sin ningún reconocimiento especial. Ese día, lucían sus mejores galas y despedían los más gratos aromas. Transmitían la fiesta interior que vivían y se sentían extrañas por ocupar un lugar de honor, que jamás pensaron que estaba reservado para ellas.  La familia al completo la acompañaban en gozo afectivo y para darle apoyo y sostén ante la pérdida física inminente.

Desfilaron madres –sin ninguna distinción social-   ejemplo de sólidos troncos familiares. Madres abnegadas que con esfuerzo y dignidad, levantaron el edificio de sus hijos hasta legarles una profesión académica y Madres a quienes el dolor las consumía. El orador sagrado Fray Angel Martínez, enriquecía y enaltecía estos méritos con tanta emoción, que arrancaba un suspiro y los ojos de las homenajeadas se humedecían y una lágrima se deslizaba lentamente en su mejilla. ¡Qué momento especial ocupaba en sus corazones, este homenaje! Inolvidable para toda su vida. La Escuela de Cristo, seguía siendo una escuela del cristianismo. Ama al prójimo como a ti mismo.

¿Cómo nació la celebración del Día de la Madre? Se debe al cariño maternal  y al esfuerzo de la señorita Ana Jarvis en la ciudad de Filadelfia.

En 1905 cuando Ana Jarvis tenía 41 años de edad, falleció su madre. Como todos los que perdemos a la Madre, se quedó con un gran vacío. Fue a partir de entonces, que dedicó la mayor parte de su vida a una campaña para establecer el segundo domingo de Mayo, como el día especial para enaltecer en todo el mundo a la Madre.

La primera celebración fue en el año de 1907 en el mes de Mayo. Al año siguiente persuadió a las Autoridades de Filadelfia para que la proclamaran en toda la ciudad.

El Estado de West Virginia lo hizo en 1912 y al año siguiente Pensylvania. En el año de 1914, Ana Jarvis tuvo éxito al convencer al Señor Presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, del mérito de su campaña y el 8 de Mayo de ese año, el señor Presidente firmó una resolución de las dos Cámaras del Congreso de los Estados Unidos, alabando a todas las Madres Americanas como “LA FUENTE MAS GRANDE DE LA FUERZA Y LA INSPIRACION DE NUESTRO PAIS.”  Esta resolución hizo del Día de la Madre, una celebración universal.

En 1974, recibieron por primera vez, el homenaje de la Hermandad de las Consagradas Imágenes del Señor Sepultado y María Santísima de la Soledad de la Escuela de Cristo, las distinguidas mamás: María Rosales de Velásquez, Luz Hegel vda. de Solis, Natalia R. de Martínez,  Dolores R. de Mendoza, Beatriz Ronquillo vda. de Aceituno y Vicenta Samayoa de Pellecer.  

En 1975: Vitalina Mazariegos de González, Elisa Bauer vda. de García, Felisa Alvarado vda. de Méndez, Antonia López, María Chiroy Morales, Graciela Miranda, Jesús Pérez de Mendoza, Marta Samayoa de Roca, Raquel R. de Diéguez, Paula Zambrano, María Bernarda Roldán de Guerrero, Adelina García de Deleón y Lic. Ana María Rodas de Ortíz.

En 1976: Carmen Asturias de González, María G. vda de Morales, Mercedes Castellanos y Aurora Romero vda. de Laguardia.

En 1977: Amabilia Pellecer de Godoy, Elvira C. vda. de Samayoa, Carmen Porras vda. de García, Maria Teresa López de Cabrera, Carlota Estrada Ramírez,  Domitila Zamora vda. de Solis, Ofelia Solórzano vda. de Jiménez y Dolores Furlán de Rivera.

En 1978: Venancio Cabrera, Cándida Rosa Sarceño Lima, Anita Villanueva de González, Soledad Guerrero de Mendoza, Natalia García de Cuevas, Timotea Ochoa, Beatriz Trinidad Molina Martínez de Araton, Amparo Rosbach vda de Barrios y Mercedes Sagastume vda. de Vives.

En 1979: Josefina Nájera vda. de Pérez, Sofía Midence, Haydée Archila de Asturias, Lucila García vda. de Palacios, Julia Palomo Aragón de Díaz, Isabel Mansilla de Meza, Hortensia de Burbano y María Concepción Castellanos Castillo.

En 1980: Zoila Clarilda López de Guarán, Felipa Aguilar de Solórzano, Juana Chajón de Sicán,  Petrona Pérez de Colín, Olivia Fernández de Paz, Timotea Taracena de Velásquez, Lic. Elsie de Sosa Silva, poetisa María Teresa Fernández Hall de Arévalo, Lic. Miriam R. de Bátres y Elifonsa Paredes.

En 1981: Eulalia de León de Sicán, Calixta Burrión de Vásquez, Felipa Martínez vda. de García, María del Socorro Salamá vda. de López, Mercedes Luna de Figueroa, María Aragón vda. de Cotero, Dolores Mendoza vda. de Ruíz, Adriana Miranda de Sosa, Lorenza Alcayaga vda. de Bocaletti, Victoria López de Ponce, Francisca Cáceres de Solares y María Antonia Castellanos de Cordón.

En 1982: Helga de Müller, Guillermina vda. de Valdéz, Herlinda Toscano, Laura Chávez de Mendoza, Guadalupe García, Antonia García vda. de Espinoza, Elida Samayoa de Berdúo, María Nieves Casanova de Vides, Hilda Marina Gálvez de Larios, Guadalupe García vda. de Hernández, Antonia de Ramos y María Elena Martínez de Méndez.

En 1983: Matilde Castellanos vda. de Orive, Cristina Aceituno de Velásquez, Mercedes Pérez de Sosa, María Cándida Mejía vda. de Larios, Carmen Mérida Abril,  Carlota Castillo Montes de Oca, Rosario Orellana vda. de Flores, Ana Matilde Morales Castellanos, Maria Julia Estrada vda. de Terreaux, Rosa Coronado de Letona, Laura García de García y María del Socorro López Salamá.

En 1984: Lilian Valdéz de Leal, Patrocinia Melgar de Miralles, Esperanza Catalán de Vielman, María Teresa López de Paniagua, María Dolores López Aquino de Díaz, Edicarda Mich vda. de Sicay,  Hermenegilda González de García, Maximina Sicán de Chacón, Sebastiana Reyes de Valle, María Teresa Hernández Campos, Hercilia García de Chacón, Balbina García de Chicojay, Olivia Marina Solís de López, Petrona Reyes de Alvarez, Julia Marina Zamora de Paiz y María Chacón vda. de Díaz.

En 1985: Julia de Medina, Marcela Estrada de Boch, Josefa García vda. de Quán, Trinidad Castellanos de Rosales, Mercedes García vda. de Castellanos, Gregoria Estrada Martínez, María Isabel Núñez Lafuente, María Luisa Farfán de Méndez, Victoria Lobos de Velásquez, Graciela Asturias de Miranda, Marta Julia Roldán de Orellana, Lucrecia Ramos, María Natalia Aguilar de Sánchez, Clara Díaz de Aguilar, Ramona Méndez de López y Silvia González de Orozco.  

Lamentablemente, la junta directiva canceló está emotiva ceremonia, que hizo feliz a tantas madres abnegadas. 

Muy significativo fue que a raíz de esta celebración, las demás Vírgenes de Dolores, fueran expuestas en velación en el Día de la Madre. Actualmente, además de las ceremonias religiosas dentro del templo- se celebra con una solemne procesión de María Santísima de la Soledad, por las principales calles de la ciudad de Antigua Guatemala.

Usted hubiera gozado, ver en las caritas de las mamás homenajeadas, reflejada la sorpresa inesperada de ocupar un lugar especial en la iglesia, escuchar el panegírico de exaltación de la maternidad, emocionarse al escuchar su nombre y luego, la emoción de recibir un Diploma. Les temblaban las piernas cuando se acercaban a recibirlo y sobre los surcos de su mejilla, rodaba temblorosa una lágrima. La celebración del Día de la Madre con la presencia esencial de María Santísima de la Soledad de la Escuela de Cristo, tocó el corazón de las madres antigüeñas que merecen un altar en el corazón de sus hijos. ¡Benditas sean!

Dedicado especialmente a: A doña Luz Ramírez de González. Mi madre y Carlota Estrada Ramírez, tía-mamá: Un beso y una rosa sobre sus tumbas.

 

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Acerca de Culturales de Maco

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