Crónicas de San Gilberto –Parte II-

cronicas 3Por:
Consejo Pro Tradiciones Cuaresmales
Publicado en
Diario La Hora
Guatemala, C. A.
 
El nuevo año había comenzado con fiesta. La Nueva Guatemala de la Asunción cumplía doscientos años. La madrugada de aquel dos de enero, repiques de campanas y quema de pólvora anunciaban el segundo centenario de la ciudad. Y las conmemoraciones seguirían aquel año, porque también era el tercer centenario de la USAC. Así que enero transcurrió entre celebraciones y preparativos. Parecía que iba a ser un buen año.

El estruendo que a Félix le recordó los tumbos del mar recién terminaba, al levantarse la polvareda que se desató en medio de la oscuridad de la madrugada. Eran las tres y cinco de la mañana de aquel fatídico miércoles cuatro de febrero de mil novecientos setenta y seis, y la furia de la naturaleza se dejó desatar en todo el país, y en la recién bicentenaria ciudad con especial fuerza como en las zonas seis, tres y dos, en Ciudad Nueva y en el sector de la Avenida Simeón Cañas, anexa al parque Morazán que era por donde Félix vivía con sus padres.

Muy aturdido y confuso, Félix pensó que la ciudad estaba siendo atacada, sobre todo por el ambiente popular que en el país se había caldeado en los días previos, en contra de la Gran Bretaña por el problema del diferendo de soberanía territorial con Belice, y la posibilidad de un conflicto bélico con aquella nación.

El frío de la madrugada se contrastó de repente con el olor a polvo, ripios, escombros, pero volvió a temblar en pocos instantes muy fuerte, y con el sonido de gritos tanto cerca como lejos de la antañona casa, gritos que indagaban sin duda por los familiares y seres queridos para establecer su estado físico, Félix comprendió que aquello no era un ataque sino un poderoso sismo. En la distancia, y a pocos instantes, el llanto de las sirenas de algunas ambulancias empezó a hacer de aquel ambiente, un presagio tétrico de dolor y destrucción, no obstante por muchas calles no se podía pasar.

Aún estupefacto por la intensidad del sismo, Félix recordó en esos instantes cuando su abuelito le contaba de los momentos de angustia que vivieron siendo él muy niño, en los terremotos de Navidad de 1917-18 y cómo la ciudad quedó después de aquellos eventos en el suelo. Por fortuna, ni los papás ni los hermanos de Félix sufrieron daños físicos para el terremoto, pero su casa tristemente sí, y les costó más de una hora y media, lograr abrir con esfuerzos el portón que daba a la avenida, no tanto por el hecho que cuando intentaban acercarse al arco de entrada del zaguán, y así ganar la calle, empezaban constantemente fuertes temblores (réplicas) que los obligaban a retroceder, sino que cuando por fin lo hicieron, se percataron que enormes promontorios de ripio y escombros caídos de las cornisas de la casa, bloqueaban el paso hacia la acera e impedían abrir la puerta.

Cubriéndose con las mantas de sus camas, Félix y sus familiares caminaron descalzos sobre las piedras, y pudieron apreciar los cables eléctricos tirados a media calle aun chisporroteando, a gente angustiada gritando por sus seres queridos. Un detalle que le pareció muy particular fue el lúgubre repique de campanas, que sonaban muy suavemente, como si estuvieran doblando, pero no porque los encargados accionaran los campanarios sino porque la fuerza de los temblores subsecuentes las hacían sonar solas.cronicas 4

El panorama era verdaderamente desalentador y caótico. Félix solo alcanzó en su tribulación a recordar la jaculatoria que tantas veces le habían enseñado sus mayores…¡¡¡JESÚS DE LA MERCED, AYÚDANOS!!! Y con las primeras luces del amanecer, comprobó la magnitud de la tragedia. No había energía eléctrica ni suministro de agua, pero a eso de las siete de la mañana, un oficial de bomberos municipales pasó por el sector y junto a varios hombres le indicó que estaban integrando cuadrillas de rescate con particulares para ir a pie, porque en el sector del Barrio San Antonio, zona 6, la destrucción de casas era masiva y había aún gente atrapada en los escombros. Con la bendición de sus padres, y la ayuda de Dios, Félix se unió con valor al grupo que enfiló al sector en referencia.

Al cruzar por la calle Martí, su mente y su corazón recibieron quizá la mayor impresión de su vida al llegar al desafortunado Barrio. Pero la impresión fue mucho mayor cuando a eso de las dos de la tarde, después de casi cinco horas de luchar con una pala entre las losas, grietas de las humildes casas y la polvareda que dificultaba mucho la respiración para sacar a las víctimas, se encontró ni más ni menos con Betío, su alumno del año pasado del quinto grado, el hijo del humilde y devoto carpintero don Humberto, quien echándose a llorar le abrazó tiernamente. “¿Estás bien Betío…? ¿Estás herido…? ¿Dónde está tu familia?”

El niño solamente alcanzó a mover de un lado al otro la cabeza, en señal de negación, y rompió a llorar amargamente, cuando lo interrumpió doña Sole, la abuelita del muchacho, quien le narró al docente que la humilde casa de adobe, que albergaba la carpintería y vivienda de don Humberto, el papá de Betío y su familia, se había desplomado y así fallecido el gentil hombre, aquel del pelo entrecano y fiel devoto de las imágenes procesionales, pues viendo que su familia logrará salir, se había quedado de último, hasta que la casa se le vino encima. Betío sollozaba abrazado a su profesor, y con la respiración entrecortada hacía preguntas que su aturdido maestro no atinaba a responder: “¿Y ahora profe, qué vamos a hacer?, “¿Quién nos va a cuidar?” “Y a mí, ahora ¿Quién me va a llevar a ver las procesiones”?

Quizás tratando de darle algún consejo, Felix le dijo “Yo Betío, yo te voy a llevar. Nos vamos a ir juntos”. Cuando la tarde avanzaba, el oficial de Bomberos le pidió a sus valientes e improvisados rescatistas que se retiraran a sus casas, pues al oscurecer sería muy difícil y peligroso continuar con las labores, y el ejército ya se encontraba desplegando a su personal. Al retirarse, Félix comprendió que era el momento de partir de vuelta, pero antes, en medio de aquel cielo febrerino despejado de nuestra capital, avanzó por la Avenida de Candelaria, y al llegar al atrio del templo, la imagen de Cristo Rey ya había sido rescatada por Monseñor Marco Aurelio González Iriarte y sus cercanos colaboradores, y puesta a veneración de los fieles de su barrio en un altar improvisado en su atrio parroquial. Después de hacer una plegaria por los afectados, continuó su marcha por la Avenida de San José, y encontró con tristeza que el templo josefino estaba prácticamente destruido en su totalidad, y a su alrededor se elevaban enormes promontorios de tierra y ripio.

Después cruzó en la doce avenida, ya que unas señoras le habían comentado que su Jesús de la Merced, había sido rescatado de su camarín por el Padre Toruño, y por Raúl Valdeavellano y Carlos Díaz Del Cid, para ser colocado en el corredor del Colegio Loyola, en donde efectivamente lo encontró; al postrarse frente al patrón jurado, todo sucio y empolvado y con sus manos ampolladas como estaba, Félix rompió a llorar amargamente. Después se enteró que los padres Pedro Carbonera y Manuel Meléndez y algunos devotos del Sepultado de Santo Domingo encabezados por Juan Gavarrete, habían rescatado a la consagrada imagen del interior de su destruida Basílica. Días más tarde, Félix supo también que las imágenes del templo de la Recolección fueron también rescatadas por Directivos de su Asociación, y por vecinos del Barrio, como el estudiante de Arquitectura Daniel Borja, a quien Félix conocía en las procesiones. Solamente el Templo del Calvario en la dieciocho calle, debido a su corta edad no sufrió por fortuna daños en su estructura. En sus adentros, Félix admiró el valor de todos estos protagonistas.

Cuando Félix retornó a su barrio, ya entrada la noche, su familia había logrado instalar una “champa” o “temblorera” como lo hicieron muchos vecinos en los arriates del parque Morazán, a donde se habían trasladado junto con sus pertenencias más queridas, al igual que una enorme cantidad de vecinos del Centro Histórico, que poco a poco se convirtió en un campo de refugiados. Agotado y con la luz de una linterna, Félix se acomodó en el interior de la champa, y se recostó sobre un improvisado colchón, dando gracias por haber sobrevivido, recordando a don Humberto el Carpintero, y pidiendo a Jesús, por medio de sus imágenes procesionales que tanto amaba, por Betío, por su familia y que así cesaran los fuertes temblores que castigaban a su patria. Con el sabor salado de su llanto, se quedó dormido…

Acerca de Culturales de Maco

Notas culturales compartidas y creadas por Marco Monzón, y colaboraciones para compartir desde la cultura, el arte, la espiritualidad y la tradición católica. Comparte ademàs, notas culturales de medios de comunicaciòn.
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